Soy bien tonto para administrar mi corazón…

Recuerdo que tuve mi primera novia a los 10 años, en cuarto de primaria. Fue una compañerita del colegio. Teníamos un grupito de amigos con los que la pasábamos muy bien, en clases y en el recreo, éramos inseparables, con decirles que después de clases íbamos a almorzar y luego hacíamos tareas juntos en la casa de ella hasta que oscurecía y luego regresábamos a nuestras casas caminando. Teníamos una buena relación de amistad, muy sana. Una tarde esta compañerita me dijo: “me gustas, ¿querés que seamos novios?” y yo así como ¿qué es eso..? Ntee la vedad si sabía, pero había un detalle, me gustaba su mejor amiga y a ella le gustaba mi mejor amigo, y lo sabíamos, de todos modos, le dije que sí, y anduvimos de la mano esa tarde. Al otro día en la clase vimos a los que nos gustaban y me dijo: “mejor seamos amigos” y yo sin duda dije que si de nuevo, jaja así terminó mi primera relación de noviazgo…

En fin, no busqué tener novia de nuevo hasta los 15 años, no por lo que sucedió, simplemente estaba encantado con los deportes y mis amigos. Luego escuchando a mis amigos y sus experiencias fue que quise encontrar una novia. Pasé por algunos intentos fracasados y otros que me fue muy bien. Más en los años que estudiaba en bachillerato, pero esas historias serán para otro blog…

Luego de cada relación, intento o rechazo había una constante: me sentía herido, solo y defraudado. Cometí muchos errores, di mi corazón a personas incorrectas y también herí a otras porque en realidad no sabía como tener una relación de noviazgo, nunca le quise preguntar a mis papás (grave error), lo que sabía era lo que sacaba de las experiencias de mis amigos y de lo que miraba en la televisión o escuchaba en las canciones románticas, que ahora que lo pienso eran más de tristeza y despecho que de romance.

Muchos años después conocí a Jesús, de verdad. Y tomé una decisión, creo que bastante drástica: “No tendré novia hasta que termine la universidad, abra mi empresa, tenga mi carro, sirva todo lo que pueda en la iglesia y reuna a 12 líderes que tengan un corazón que le agrade a Dios y prediquen conmigo.” En fin, pasaron entre 7 y 8 años en los que me enfoqué y logré todo eso. Cuando me decidí que quería encontrar novia, esta vez era diferente mi manera de pensar a lo que había aprendido años atrás. Esta vez hice dos cosas: Primero, me acerqué a mis líderes de la iglesia, dos parejas de esposos jóvenes y les pedí consejo. Honestamente fueron muy sabios y me guiaron muy bien. Segundo, cuando encontré a la chica que me gustaba para novia y esposa, empezando a conocerla dije estas sencillas palabras: “Espíritu Santo, soy bien tonto para administrar mi corazón, necesito que me ayudes. Pongo en tus manos mi corazón y el de ella.”

Estoy completamente seguro que Dios escuchó esa oración porque hace unos días cumplimos felizmente un año con siete meses de casados. La temporada que tuvimos para conocernos la viví totalmente diferente a las que había vivido anteriormente. En mi corazón había alegría y emoción, pero también sentía una paz increíble, mis emociones estaban bien reguladas por el Espíritu Santo, por lo tanto, mis decisiones y acciones eran digámoslo así “con más sabiduría”.

Estoy seguro que el Espíritu Santo me dio la fuerza de voluntad para no besar a Jireh hasta el día que nos hicimos novios. No fue fácil, de verdad quería besarla, pero sabía que era mejor esperar. El día que nos hicimos novios nos dimos nuestro primer beso, la besé en la frente. Luego, nos besamos y fue muy bonito.

Siendo novios la pasamos muy bien, fuimos novios durante un año antes de comprometernos (debo aclarar que ya pasábamos de los 24 años y sabíamos para que nos hicimos novios), en fin, en esta temporada tuvimos buenos momentos, pero también tuvimos desacuerdos muy fuertes, incluso comprometidos, casi no nos casamos por una discusión, Jireh casi que me devolvió el anillo de compromiso esa noche. Pero en esa misma discusión pude ver como el Espíritu Santo actuó en mí. Cuando antes era de mal genio, explosivo y bueno para soltar palabras venenosas, ahora fui un hombre diferente, pude callar, escuchar, ser empático, hablar y responder con amor para solucionar el conflicto. Esa misma noche pude ver claramente como Dios me había transformado durante esos años que decidí dedicarme a él y pude ver como actuaba en ese mismo instante dentro de mí. Me alegro mucho de haber hecho esa sencilla oración.

Nos casamos. Fue una boda muy linda, nuestra primera invitación fue dirigida al Espíritu Santo y sabemos que estuvo allí, lo pudimos sentir y varias personas (aun no cristianas) nos dijeron que sentían a Dios en ese lugar. Durante los primeros meses de casados tuvimos que acoplarnos el uno al otro, traíamos diferentes maneras de pensar, de cocinar, diferentes costumbres de nuestros hogares y tuvimos que aprender a hacer nuestras propias costumbres y reglas en el hogar.

Recuerdo que un día discutimos, esta vez yo tenía la razón, yo lo sabía y no quería ceder. Jireh tampoco quería ceder, yo estaba muy enojado y ella también, ni recuerdo por que fue, pero si recuerdo que, al rato, cuando ya estaba más tranquilo el Espíritu Santo habló a mi corazón y me dijo: “¿Prefieres tener la razón y una buena relación con tu esposa?”, inmediatamente entré en razón, boté el orgullo y corrí a pedir perdón y solucionar el desacuerdo. Y así ha sido durante varias ocasiones, él nos ha hablado y dirigido para construir una buena relación y un buen hogar.

Te cuento todo esto con un motivo, puede que ya lo hayas entendido, pero quiero ser explícito: Involucra al Espíritu Santo en tus relaciones. No hay persona más sabia y dulce que pueda enseñarte a construir relaciones fuertes y sanas como él lo hace. Lo necesitas en tu vida, en tus decisiones, en tus momentos más alegres y en los momentos más difíciles. Él estuvo allí para dirigirme en cada temporada y lo sigue haciendo. Lo hará contigo si decides darle su lugar y escucharlo antes que escuchar a tus emociones.

Él estuvo también cuando perdí a mi hermano por causa de la violencia, la otra semana cumplirá un año de ese trágico momento en la historia de mi familia, y ¿sabes? Se que estuvo conmigo en esos días negros y aun lo sigue haciendo, llenándome, abrazándome y enseñándome cual es el mejor camino para mí, para mi esposa y para los que amamos.

Dale su lugar en tu vida, él te ama. Tiene los mejores consejos, las maneras más creativas de hacerte entrar en razón, tiene el amor que necesitas para ti y para tratar a los demás y tiene los abrazos más cálidos y consoladores en momentos difíciles.

Dale su lugar. Hazlo.

“El que atiende a la palabra prospera.
¡Dichoso el que confía en el Señor!”

Proverbios 16.20

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