¿Fuego o ceniza?

Unos días atrás mientras ayudaba a mi abuelita a limpiar el patio de la finca, recogíamos toda la hojarasca que había caído, ramas, pasto seco entre otras cosas. Yo me encargaba de prender fuego a cada montoncito que ya teníamos, por un momento me quedé observando detenidamente cada hoguera que se había encendido, ambas ardían con intensidad; pero en cuestión de minutos una se consumió a sólo a cenizas, mientras que en la otra sus brasas ardían con tan sólo un suave viento o con tan solo volverle a atizar prendería rápidamente. En ese mismo instante vino a mi esta pregunta “¿Como cristiana estoy como esas brasas que arden o como esa hojarasca que se consumió a las cenizas?”

Tal vez tú al igual que yo, lleves un tiempo en tu caminar cristiano. Así que cuando observaba esas hogueras comprendí que durante nuestra vida pasamos por ese proceso de estar en brasa ardiendo de pasión por Dios y su presencia o en cenizas que están por apagarse o ya se han apagado completamente. Siendo sincera yo sé que es estar en cenizas y sentir que voy apagándome poco a poco, aún asistiendo a una iglesia.

En el antiguo testamento encontramos que los sacerdotes eran los encargados de ofrecer los sacrificios en el altar.

“Entonces el Señor le dijo a Moisés: Da a Aarón y a sus hijos las siguientes instrucciones con respecto a la ofrenda quemada: la ofrenda quemada se dejará encima del altar hasta la mañana siguiente, y el fuego del altar debe mantenerse encendido durante toda la noche. En la mañana, después de que el sacerdote de turno se haya puesto las ropas oficiales de lino, deberá limpiar las cenizas de la ofrenda quemada y ponerlas junto al altar. Luego deberá quitarse estas vestiduras cambiarse a su ropa normal y llevar las cenizas fuera del campamento a un lugar ceremonialmente puro. Entre tanto, el fuego del altar debe mantenerse ardiendo, nunca deberá apagarse. Cada mañana el sacerdote echará la leña nueva al fuego. Luego acomodará la ofrenda quemada sobre él, y también quemará la grasa de las ofrendas de paz. Recuerden, el fuego del altar siempre debe estar encendido; nunca debe apagarse (NTV) Levítico 6:8-13

Cuando Dios envió fuego al altar en el tabernáculo de Moisés, solo era el comienzo de la intensidad de su presencia, era responsabilidad del sacerdote llevar leña cada día para que el fuego no se apagará y esto se recalca 3 veces en sólo unas líneas.

Y si, puede que apliquemos eso sólo para el Antiguo testamento, pero no es así ya que en 1ra de Pedro 2:9 dice que somos “sacerdotes al servicio del Rey “,cuando nosotros construimos un altar en nuestras vidas a diario le estamos agregando leña (orando, adorando , compartir con otros el amor de Jesús, leyendo y meditando en la Palabra, anhelando más de su presencia) pero si sólo agregamos leña en retiros, encuentros esporádicos, o cada domingo en la iglesia tengamos por seguro que nuestras brasas ardiendo terminarán extinguiéndose.

Necesitamos encontrarnos con Él día a día presentarnos como sacrificio vivo, apartarnos de los afanes y darle paso a lo más importante. Muchas veces queremos hacer tanto para Dios que nos olvidamos del altar, nos olvidamos de echarle leña al fuego. Sí, yo estaba en cenizas y me costó mucho volver a avivar ese fuego dentro de mí, lleva tiempo, constancia y sobretodo entender que el Espíritu Santo siempre estuvo ahí esperando a que dejará todos mis argumentos, mis errores del pasado, aun los que estaba cometiendo  y que  volviera a mi primer amor. Volvió a mi esa pasión que las cenizas habían apagado ¿Qué te está apasionando a ti?

Llega un punto en nuestro caminar donde debemos ser sinceros con nosotros mismos y reconocer si el fuego de nuestro altar se está apagando, no dejes que llegue a las cenizas, ve busca y encontrarás leña para atizarlo. Y no olvides que si fallas puedes correr a Jesús y volver a iniciar, corre a ciegas, pero corre a tu lugar seguro hasta llegar a Él.

El fuego alumbra en medio de la oscuridad, vivamos de tal manera que seamos como antorchas encendidas a todos los que no pueden ver el camino y que el fuego que se encendió en nuestros corazones jamás se extinga, jamás se apague.

     Efesios 5:8 “Porque ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz”

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