Paternidad

No es nada nuevo decir que la paternidad trasciende lo biológico, no consiste solamente en engendrar sino en la capacidad de dotar a los hijos de lo que nuestras vivencias han dejado en nuestro corazón e inspirarlos a lograr aún más de lo que nosotros hemos conseguido. El verdadero padre se convierte en la fuente de inspiración para sus hijos, pero no todos alcanzan a tener de sus padres biológicos esa plataforma como punto de partida. Y justo esto me hace recordar una historia que quiero contarles.

En la década de los 80s en un pueblo pintoresco de la provincia guatemalteca creció el personaje principal de esta historia. “El chinito” como le decían de cariño sus familiares más cercanos, era el menor de tres hermanos. Su padre; un típico hombre latino que creía que su labor dentro de la familia era proveer los recursos económicos y mantener el orden en la casa levantando la voz, y poco expresivo de afecto hacia sus hijos varones.
“El chinito”; el menor de tres hermanos, sabía que la manera de evitarse problemas con su padre era guardando silencio y obedeciendo en todo, no se había dado cuenta que estaba creciendo con un corazón frio y solitario.
A la edad de 18 años se encontró con Jesucristo y se rindió a Él. En su corazón tuvo un fuerte impulso esa misma noche, debía llamar a su padre y pedirle perdón. Resulta que un mes antes se había ido de casa a vivir a otra ciudad con la excusa de que necesitaba encontrar trabajo; pero la verdadera razón había sido que no soportaba más vivir con su padre; así que Dios lo motivó a reconocer la autoridad que su padre tenía sobre él.
Durante ese año asistió a una Iglesia donde de inmediato lo ubicaron en un grupo de jóvenes. Él se sentía muy feliz por estar aprendiendo más de Jesús pero nunca pudo estrechar una amistad profunda con ningún líder; siempre se sintió rechazado o juzgado por lo que continuó ocultando sus sentimientos y emociones.
A la edad de 28 años había logrado ser pastor de una pequeña Iglesia en el pueblo de sus padres. Sabía compartir el amor que había recibido de Dios pero siempre una parte de su corazón era fría y solitaria. En todo ese tiempo de relacionarse con Dios había despertado el interés de trabajar con jóvenes, motivarlos a servir a Dios desde temprana edad.
En su corazón tenía un fuerte conflicto; ¿cómo ministrar amor a los jóvenes si sabía bien que él no había recibido el amor que necesitó de su padre y tampoco lo recibió de sus líderes espirituales? Ésta es la base perfecta para la típica frase de nuestros medios: “Nadie me enseñó a amar, nadie me enseñó a ser buen padre, etcétera”.
Fue entonces que a través de su tiempo de estudio de las Sagradas Escrituras comprendió que sí había recibido amor de su verdadero Padre, Jeremías 29:11, que siempre había sido amado; “…con amor eterno te he amado…” Jeremías 31:3, y que tenía la compañía y consuelo del mismo Espíritu que estuvo en Jesús, que lo dotaba de fuerza y que estaba listo para perfeccionar el poder de Dios en sus debilidades, Juan 14:16, 2 Corintios 12:9.
En ese momento entendió que debía parar de quejarse por lo que no tenía, era el momento de dejar de lamentar por lo que había perdido; más bien era el momento de activarse y comenzar a aprovechar lo que sí tenía.
Ese mismo Espíritu le enseñó a convertir en recursos la frustración que las carencias del pasado le provocaban; el no haber recibido el amor y aprobación directamente de su padre biológico, lo hacían saber muy bien lo que los jóvenes necesitaban recibir, así que entendió que él podía convertirse para alguien más en el padre que él necesitó tener. También decidió ser para los demás el líder espiritual que él no tuvo pero que sí lo necesitó. Todo esto se reduce a una sola expresión: ejercer paternidad, dicho de otra manera: decidió duplicar su corazón en las demás personas.
Su tarea no ha terminado ya que cada día aprende alguna manera de motivar a los jóvenes a desarrollar sus talentos y habilidades, a descubrir sus verdaderas motivaciones, a mostrarles aceptación por lo que son y no solo por lo que logran, ha aprendido a escuchar pero también a hacerse escuchar y se atreve a hablar de lo que muchos padres o líderes espirituales no quieren hablar. Le ha tocado llorar pero esa también es parte de la experiencia de haber descubierto su vocación; es parte de estar vivo.
Ninguno de los jóvenes que lo rodean es su hijo biológico, pero algunos de ellos le llaman papá.

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