¿Cuál es tu motivación?

Cuando era niño, más o menos a la edad de 5 años… algo así, recuerdo a lo lejos las peleas con mi hermana que es 2 años menor que yo. No se por qué pero por cualquiera que fuera la razón, grande o pequeña nos terminábamos agarrando a golpes.

En una de esas tantas peleas mi papá me “cachó” y recuerdo que me tomó aparte y me dijo algo parecido a esto: “Te veo pegándole a tu hermana otra vez y te juro que yo te voy a dar con el cincho tanto que tus piernas se van a quedar pintas”

De pronto tenía un buen motivo para no volver a pegarle a mi hermana, ni siquiera tratarla mal, era el temor al castigo.

En los estudios de mercadeo se utilizan varias teorías con la finalidad de atraer clientes hacia ciertos productos o determinar que características debe tener un nuevo producto o servicio que se desea lanzar al mercado. En libros viejos podemos ver que esos “motivadores” normalmente están relacionados en las categorías de “necesidades y deseos”, recientemente alguien le agregó la categoría de “temores”. Hoy se dice que una persona se le motiva a la compra de algún bien o servicio ya sea por sus necesidades, deseos o temores.

Aplicando esto a la vida común podríamos decir que el ser humano es movido a la acción según sus necesidades, deseos ó temores. La pregunta es:

¿Cómo cristiano, qué es lo que te motiva a seguir a Cristo? qué es lo que te motiva a actuar como Jesús?

Como padre he aprendido que hay un motivador más grande que cualquiera de esos tres anteriores y es el amor genuino por los demás.

Yo puedo venir y utilizar al refuerzo negativo y decirle a mi hijo mayor que no le pegue a su hermana pequeña porque lo voy a castigar, o puedo usar un refuerzo positivo y decirle que si se porta bien y no le pega a su hermana entonces le voy a llevar al cine o le voy a comprar un dinosaurio de juguete.

En el primer caso la motivación es el temor al castigo, en el segundo caso lo que le motiva es el deseo de una recompensa, pero… ¿cómo sería el verdadero amor?

Henry Cloud hizo hace algún tiempo un experimento con niños, el cual recientemente fue recreado y se hizo viral en un video en Facebook. Él le decía a un niño que golpeara a otro que se encontraba presente. La mayoría de los casos los niños se negaban a golpear al otro porque su papá los regañaría o los iba a castigar, pero unos pocos hablaron en un lenguaje diferente: “No le quiero pegar porque no está bien, eso le haría daño”. Ese es un nivel superior, un nivel en donde no importa el castigo, no importa la recompensa, lo que importa es el bienestar de la otra persona, ese es el principio de un genuino amor por los demás y lastimosamente es algo tan escaso hoy.

En la parábola del Buen Samaritano vemos como él se apiada del hombre golpeado y sin importar que recibir a cambio lo lleva al hostal y paga para que cuiden de él hasta que se recupere. Antes de eso, actualizado a nuestro entorno ya habría pasado un pastor (sacerdote) y un ministro de alabanza (levita) sin importarles la condición de aquel hombre. Eso se ve hoy a cada rato. ¿Recuerdan esa Mega Iglesia que no pudo abrir las puertas de su templo para refugiar a los afectados por el huracán Harvey en Houston?

Difícilmente vemos a alguien actuar en amor real. Siempre estamos buscando algo a cambio. Creo que algo de culpa tiene la iglesia moderna. La teología de la prosperidad ha cambiado el enfoque de una vida consagrada a Dios por medio del servicio a los demás para vivir una religión enfocada en el hombre que pregunta qué puede obtener de Dios, qué milagro a cambio de cuanto dinero. Vivimos adorándonos a nosotros mismos, ostentando como símbolo de nuestra espiritualidad y fe, adornos externos como carros de lujo, casas más grandes, joyas, títulos, etc., cuando en realidad deberíamos de atender las necesidades de los desamparados tal como Jesús nos mandó.

Podemos restringir una acción como los niños del experimento lo hicieron para no dañar al otro niño y también podemos actuar y hacer algo bueno por alguien más simplemente para aliviar su carga o su necesidad sin esperar nada a cambio.

La pregunta es sencilla:

¿Qué es lo que te motiva hoy a actuar? ¿Es un amor genuino por los demás? ¿EstáS cumpliendo el mandato de amar a los demás como Jesús nos amó?

Tal vez es tiempo de cambiar.

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